Psicoanálisis y Medio Ambiente

¿Es la capacidad del ser humano para la destrucción  proporcional a su capacidad para vivir? ¿De dónde viene esa fuerza destructiva? ¿Es igual en todos, o es diferente?, ¿es primaria o secundaria?, ¿innata o adquirida?  En este artículo intentaré resumir algunas de las formas de pensar psicoanalíticamente la destructividad, la muerte, la agresión y el sadismo y su relación con el medio ambiente.

 

Freud, el padre del psicoanálisis, pensó al aparato psíquico o la mente como un espacio virtual que contiene fuerzas internas inconscientes que se oponen entre sí. Las llamó, pulsiones de vida o Eros y pulsiones de Muerte.

 

Las  pulsiones sexuales y de autoconservación, agrupadas en la pulsión de Vida o Eros, están consagradas a la obtención de placer. Ejemplos de ella son comer, defecar, hacer el amor, beber, estar limpio, besar, acariciar, soñar, imaginar. La mente, dice Freud, está diseñada para evitar el dolor y buscar el placer, es así como alcanza la homeostasis o el equilibrio. Veamos pues a las pulsiones como una fuerza biológica interna que nos lleva a reproducirnos y a sobrevivir.  Mientras que la pulsión de muerte, también llamada por Freud, tendencia destructiva, se ve exigida a repetir situaciones dolorosas. Es una tendencia universal del ser humano  hacia el conflicto y la desintegración. Estas excitaciones internas destructivas también llamadas masoquismo, se vuelcan hacia afuera en un segundo tiempo y se torna en sadismo.

 

Por lo tanto, nacemos con un masoquismo innato, que significa obtener placer de lo doloroso, eso sería lo primario. Y en un segundo tiempo, ese masoquismo se proyecta al exterior convertido en sadismo. Para Freud, como consecuencia de lo constitucional o heredado, la persona nace con cantidades particulares de esta energía pulsional. Esa diferencia de grados es lo que determina la patología y la capacidad de vivir con más o menos conflicto. Pues a más pulsión de muerte, más compulsión a la repetición y más desequilibrio emocional.

 

Así, para Freud el hombre nace con pulsiones de vida y de muerte. Las de vida nos llevan a enamorarnos para reproducirnos; las de muerte, se oponen a la vida, demandan su disolución y es silenciosa. Las pulsiones de vida y de muerte yacen mezcladas al interior de la psique, cuando se desmezclan pierden su carácter estabilizador. La patología es consecuencia de una mayor cantidad de fuerza destructiva en el interior del organismo.

 

Entender esta metáfora requiere ser pensada desde el punto de vista económico, donde una fuerza interna empuja para la satisfacción y esta puede ser destructividad o reconstrucción. Originalmente Freud describió la pulsión de muerte como una forma de compulsión a la repetición, es esta fuerza interna la que nos lleva a los seres humanos a tropezar con la misma piedra un millar de veces. Así es, nos enamoramos de personas muy similares aun cuando este haya sido el más grave error de nuestra vida. Y no en todos los casos, es porque caprichosamente queremos sufrir, sino que hay que recordar que estas fuerzas internas son inconscientes. Solo nos damos cuenta de ellas cuando pasamos por un proceso de reflexión o de psicoanálisis.

Resumiendo, las pulsiones son fuerzas internas que buscan su satisfacción, pero hay algo más allá del principio de placer que es la compulsión a la repetición. Para Freud la pulsión de muerte es clínicamente silenciosa; aunque es silenciosa en cuanto a la ansiedad y el dolor que provienen del deseo de vivir. Dolor es vida. Olvido es la muerte.

Alrededor de 1930, Klein postuló que la pulsión de vida busca satisfacer sus necesidades y para ello requiere de un objeto que le ayude a este propósito. Eros busca el amor en un objeto. La pulsión de muerte, supone la fuerza para aniquilar la necesidad o la percepción de ella.  Esta última se manifiesta como destructividad contra uno mismo, pero como todo lo interno doloroso es intolerable dentro de nuestra mente es mandatorio proyectarlo en los demás. De este mecanismo provienen los pensamientos paranoides del  mundo lleno de gente que nos quiere dañar: un mundo amenazante y peligroso. Por supuesto que hay una salida mejor a estas pulsiones destructivas y es cuando damos cuenta de ellas, las pensamos, las toleramos y nos hacemos cargo de nuestra propia destructividad comprendiéndola y en el mejor de los casos transformándola. Un ejemplo de este caso puede ser la mujer que está enojada porque tuvo un día laboral muy frustrante y en lugar de proyectarlo, es decir, descargarlo a gritos con sus hijos o sus colegas, se detiene y toma un tiempo para reflexionar lo que le pasó en su día.

Las personas que tienen un exceso de fuerza destructiva dentro de ellos desconfían, temen, se sienten perseguidos, lastimados y víctimas de sus circunstancias. Otra forma de manifestarse es cuando el elemento destructivo se mezcla con la pulsión de vida y se convierte en rabia y agresión hacia el objeto. También se manifiesta como un elemento interno que puede amenazar y destruir la percepción de sí mismo y/o de los objetos.

Pero por si fuera esto poca carga que llevar mientras vivimos, en la naturaleza también podemos observar ambas fuerzas. La de vida: en el nacimiento de todos los seres vivos: la lluvia es necesaria para el crecimiento vegetal, el viento para la dispersión de las semillas y el polen, el sol es indispensable para la fotosíntesis. Pero también hay elementos que parecen ofrecernos la otra cara de la moneda: la Tierra tiembla y se desgarra, el agua en exceso anega y ahoga todo, los tornados barren con lo que encuentran a su paso; las enfermedades que azotan a todos los seres vivos. Y el enigma de la muerte, para el cual no hemos hallado ningún alivio. Todo esto nos lleva de nuevo a la fragilidad propia de los mortales.

Nacemos desvalidos creyendo que el trabajo y la cultura nos pueden salvar, pero frente a la fuerza de la naturaleza nos deja de nuevo en el mismo lugar de desamparo con el que nacemos.

El desamparo innato es tan doloroso que para sobrevivir necesitamos contrarrestarlo con fantasías y pensamientos omnipotentes que nos sirven para que nuestro YO pueda desarrollarse. El desarrollo normal va llevando al niño a darse cuenta que no es un súper héroe, que él no creo el pecho o la botella tan solo por fantasearla y que no todos sus deseos se cumplen cual mago, viene un derrumbe narcisista que le sirve para adaptarse al mundo en el que nació y conocer las limitaciones que tenemos como seres humanos.  Cuando este desarrollo no sigue su curso hacia la tolerancia a la frustración, la espera y el dolor, seguimos creando fantasías en nuestra mente de un mundo inagotable de recursos, hecho para nosotros, de manera que lo que no provoca satisfacción momentánea se deshecha, no sirve. Hay muchos ejemplos de esto en la cultura posmoderna, donde la familia ya no es un valor sino una carga que supone compartir los bienes entre todos, donde una pareja es intercambiada por otra cuando se vuelve fea o no hace lo que queremos en el momento que queremos, o un joven abandona su carrera porque le parece un esfuerzo excesivo estudiar.

No obstante pasar del sentimiento de omnipotencia que nos hace inmortales e infalibles es parte del desarrollo normal del ser humano, no todas las personas alcanzan este nivel de desarrollo. De ahí que sigan destruyendo el pasto por el que caminan, matando animales sin consideración, desperdiciando agua, porque tienen la infantil certeza que nacieron como seres superiores de la Tierra y todo les está permitido. Y cual niños piensan que la naturaleza y sus favores son inagotables. A esto le aunamos la condición innata de creer que la muerte es de otros pero no de uno mismo, que nos lleva a hacer sin pensar las consecuencias.

Esto es parte de la pulsión de muerte que junto con la pulsión de vida  nos arrastra a ese descuido que tenemos por lo vivo y por nosotros mismos. De ahí que pensemos que el tiempo, la vida, los recursos emocionales e intelectuales que tenemos son inagotables, se dan por hecho y el futuro es un tiempo que muchos no pueden si quiera imaginar. Mientras no asumamos nuestra inmortalidad y la importancia del cuidado a lo otro como nuestro único legado, es decir, como la herencia a las generaciones venideras, seguiremos destruyendo el mundo que nos rodea: sembrando más cemento que flores, regando más cenizas que agua.

Es un cliché imaginar lo que haríamos si fuera el último día de nuestra vida porque esa fantasía no puede ser imaginada ya que en el inconsciente la muerte no existe. Sin embargo, si al menos pudiéramos dar cuenta del paso del tiempo, del deterioro paulatino de nuestro cuerpo, de nuestras capacidades, de nuestra agilidad o agudeza, nos vincularíamos de una manera distinta con nuestros semejantes.

Dra. Eva Marcuschamer Stavchansky